Felipe Cussen (Universidad de Santiago de Chile):
Digital Erasures / Borraduras digitales
(pdf, html)
Virtualis, Revista de Cultura Digital, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Nuevo León, Mexico, 2018
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El “ex-artista” Igor Štromajer, en cambio, sí ha llevado un proyecto, “Expunction”, en el que intenta explotar la borradura como condición definitiva: entre el 11 de mayo y el 16 de junio de 2011 eliminó del servidor Intima Virtual Base, a razón de uno por día (al igual que Bénnéquin & Beaulieu), una gran cantidad de sus trabajos de net art producidos entre 1996 y 2007. En total fueron 37 obras, equivalentes a 3,288 archivos o 101,72 MB. Mediante este procedimiento, que Pia Brezavšček (2012) define como una eutanasia, únicamente está acelerando una problemática habitual de las obras digitales, cuya preservación depende de los sucesivos cambios de software y hardware, y que parecieran ser más efímeras que un códice medieval. Existe, por otra parte, una diferencia fundamental respecto a los casos precedentes, pues Štromajer no actúa sobre obras ajenas, sino propias. Su premisa, entonces, es que es así como el autor tiene la capacidad de crear y programar, igualmente tiene el derecho de desprogramar, deconstruir y borrar una obra, pero precisa su sentido: “Este no es un acto de violencia o destrucción, sino la observación del ritmo natural del nacimiento, vida y muerte, repetido cíclicamente y oscilante en amplitudes naturales” (Štromajer, 2011).
Estas tensiones entre la posibilidad de archivar y borrar resultan muy elocuentes en el panorama actual. Tal como explican Benzon y Sweeney (2015), los editores del número especial “The Aesthetics of Erasure” de NMC Journal of the New Media Caucus (cuyos artículos cito aquí profusamente), nos encontramos en un período en el que toda nuestra información, incluso aquella que creemos más volátil, puede ser capturada, guardada y analizada. La borradura parecería un acto casi imposible, pero es esa condición la que la convierte en
“una práctica artística, tecnológica y social vitalmente necesaria. La borradura proporciona un punto de partida de la cultura de la red y, por lo tanto, de las limitaciones del big data, el archivo y la nube; a través del borrado, el olvido y la desaparición se vuelven actos radicales y profundamente productivos.”
(Benzon & Sweeney, 2015)
Creo que eso es precisamente lo que aquí ocurre. En la página web de “Expunction” se registran las etapas de esta borradura y además se preservan algunos datos básicos y pantallazos de las obras borradas, lo que permite, a quienes no pudieron interactuar con ellas, recrearlas parcialmente. Brezavšček (2012) propone, así, que esta purga conlleva una reactivación de estos trabajos:
“A través de Expunction, Igor Štromajer salvó sus objetos del agotamiento total de lo virtual, los salvó de empeorar a través de la restauración constante, la inmutabilidad de los rastros. La eliminación es, de hecho, una plasticidad destructiva que regenera el arte dándole una nueva vida, un futuro. Debido a que incluyen la ausencia y dan forma a los rastros, los documentos fragmentados son una (re)presentación o (re)generación más creíble de una obra de arte.”
(Brezavšček, 2012)
La borradura, como venimos observando, parecería operar como la generación de un espacio vacío abierto a la imaginación. Pero para que resulte efectiva el lector o espectador tiene que tener certeza de que ese acto se ha llevado a cabo. Ese es el importante rol de las huellas o registros que observábamos en los casos precedentes. En “The Deletionist”, en cambio, somos los propios usuarios quienes ejecutamos la borradura cuantas veces queramos, mientras que en “Expunction” debemos confiar en la información que nos entrega el autor, porque las obras han sido eliminadas de manera definitiva. Ciertamente, no hay una superficie sobre la que hayan quedado los rastros ni tampoco podemos percibir los esfuerzos físicos implicados, porque, como bien explican Ella Klik y Diana Kamin (2015), “fenomenológicamente hablando, la borradura ocurre fuera de la vista y, en cierta medida, separada del nivel de la interfaz”, lo que concuerda con la máxima de Hayles (2004): “la impresión es plana, el código es profundo” (p. 75). Esto significa que, si bien un programador podría bucear a nivel de código, la mayoría de los mortales no podríamos vislumbrar el proceso sino únicamente los resultados de estas borraduras digitales.
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Cussen, F. (enero-junio 2018). Borraduras digitales. Virtualis, 9 (17), pp. 55-82. ISSN 2007-2678.
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Este ensayo forma parte del proyecto Fondecyt Regular #1161021 “Poéticas negativas”, del cual soy investigador responsable. Presenté una versión preliminar, el 7 de septiembre de 2016, en el Instituto de Estudios Bolivianos de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, y luego, el 13 de octubre de 2017, en el Coloquio Internacional: Materialidades y Diferencias, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Agradezco a Marcelo Villena y Valentina Bulo por estas invitaciones, y a Jimena Castro por sus correcciones.